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El mejor oficio del mundo

El mejor oficio del mundo

Una profunda mirada acerca de la atipica profesion de ser arquero.

(Diario Clarín) De un lado los dos errores inapelables del alemán Loris Karius en la final de la Champions League. Del otro, las atajadas soberbias de Franco Armani en River que lo llevan a Rusia 2018. El arquero, ese rufián melancólico, atraviesa los vibrantes tiempos del fútbol de un lado o del otro de la mecha.

Es sencillo caer en la filosofía popular del "de héroe a villano" para describir ese puesto, básicamente por lo que tiene de cierto: el arquero, como un péndulo, se mueve como héroe y traidor en el mismo gesto.

Tendría cinco años cuando empecé a atajar en el garaje de casa: el pelotazo, la mirada, el vuelo, el golpe, la caída, los aplausos, esa literatura de los tres palos. Aún recuerdo los pelotazos de papá y mis ruegos: tirala al ángulo, fuerte, dale, al ángulo, y así poder volar más. En las plazas del barrio era siempre el que pronunciaba el "yo voy" --para la extrañada mirada del resto-- ante el multiplicado "no atajo".

De chico, los partidos que más quería en el mundo --terminé atajando en Fútbol de Salón hasta los 16 años-- eran los que más atacaba el equipo rival y mejor si había un implacable delantero: era la posibilidad del duelo, de la rivalidad frente al tiro de afuera --mi tiro favorito-- y el arte del mano a mano.

Ante esos goles imposibles de atajar solía hacer un sutil gesto de aplauso al que la metió y de ningún modo por buen compañerismo: el esplendor de aquel atacante potenciaba la ambición, desafiaba a atajar mejor. No hay lugar para discursos correctos: muchas veces, tras algún partido, me animaba más perder atajando todo --y detesto perder-- que ganar sin que me llegaran pelotas.

El poeta Fernando Pessoa escribió: "Soy del tamaño de lo que veo". Difícil una mejor definición para el portero. El arquero es el tamaño de su imagen, el tamaño conceptual que él siente de sí mismo y el que su rival ve sobre él. En otras palabras, cuando está de racha va a atajar cualquier cosa que le tiren. Se agiganta. Se vuelve una figura homérica. Se vuelve relato. En esos momentos la longitud del arco, intacta en términos físicos, se achica en la mente del rival. Pero si se derrumba, si su cabeza se derrumba en el partido --o ni siquiera, sólo un mal día-- puede entrarle cualquier pelota. Sí, ambas cosas me pasaron. Pasa. Es parte del puesto y sus riesgos. No se puede amar el riesgo y condenar el peligro a la vez.

Decía un amigo del club: todos los arqueros que conozco son gente rara. El acento de la frase estaba en el "gente rara". Ojo, no lo decía a mal: había ahí un cariño, un respeto por el que se revoleaba en el cemento frío en pleno invierno, por el que se estrellaba contra los palos para evitar que entrara la pelota, por el que terminaba con los codos negros de los golpes; había, en definitiva, un elogio del 'extrañamiento' (Ostranenie), esa palabra que surge con el formalismo ruso y que implicaba, para desautomatizar los actos, volver extraño --mágico-- lo normal.

Porque hay algo de mágico --de realismo mágico-- en ese puesto y el arquero tiene mucho de literatura: funciona primero como lector: la visión de toda la cancha permite la comprensión del juego y, por tanto, la anticipación, la táctica, el orden, el grito justo, la simpleza (la mejor atajada, uno aprende, es la simple). Y luego funciona como escritor, como poeta: cada atajada, cada elevación del suelo, es una invención. Finalmente, la soledad: el arco es un lugar solitario. Cada gol que te hacen es un lugar solitario. Otra vez Pessoa: “Ser poeta es mi manera de estar solo”.

En el final del cuento “Historia del guerrero y de la cautiva”, Borges señala que la historia que ha referido es una sola historia y que el anverso y el reverso de aquella moneda son iguales. Bajo los tres palos, todos los arqueros son --fuimos--, alguna vez, épicos e infames, el anverso y el reverso de la misma historia, la del mejor oficio del mundo.

 

Fuente: www.clarin.com

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