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Prisionero sin derecho a juicio

Prisionero sin derecho a juicio

El panorama que vive Agustín Rossi en Boca no es el más alentador ante la constante búsqueda por parte del club de un arquero para suplantarlo.

“Los errores de los cocineros se tapan con salsas; los de los arquitectos, con columnas; los de los arqueros, con insultos”.
La frase, de autor anónimo y citada en “Fútbol De presión”, libro del psicólogo deportivo Marcelo Roffé, nos roba una sonrisa, aunque no deja de ser dramáticamente cierta. Sobre todo, dramática para los propios arqueros.

Para más pruebas, podemos detenernos en las palabras de Moacir Barbosa, el arquero de Brasil en el Mundial de 1950, quien cometió el pecado de dar un paso al frente para interceptar un centro y dejar apenas descubierto el primer palo para que Alcides Ghiggia lo aprovechara y convirtiera, por ese huequito, el 2-1 que le dio el título a Uruguay, en lo que pasó a la historia como el Maracanazo. “La pena máxima en Brasil por un delito son 30 años, pero yo he cumplido condena durante toda mi vida por aquello”, se lamentó el propio Barbosa, ya de grande, ante el desprecio de sus compatriotas, que se hizo patente en las Eliminatorias de 1993, cuando Mario Zagallo, el DT de la Selección de Brasil que sería campeón del mundo un año después, no lo dejó entrar a un entrenamiento porque consideraba que traía mala suerte. Del resto de sus compañeros, nadie se acuerda.

El del arquero es un puesto demasiado singular. Ahora que casi todos los programas deportivos dejaron por un instante la lista de posibles “entrenadores de la Selección Nacional” para pasar a la lista de posibles “arqueros de Boca Juniors”, nos introducimos en algunas particularidades del puesto.

Es el único al que se le permite usar las manos. Viste distinto. Se entrena de un modo diferente al resto de sus compañeros. Lo hace solo, o con sus colegas de ruta. Vive en absoluta soledad los partidos. En los goles a favor, a lo sumo llega a festejar con el último defensor. No puede descargarse corriendo. Se trata de un puesto individual en un deporte de equipo.

El arquero debe tener algo de masoquismo: poner la cara a un tipo que te va a patear desde dos metros, volar contra un palo sin escatimar el riesgo de pegártelo en el medio de la cabeza. Son mayoría los arqueros que terminan con el tabique de la nariz desviados y los dedos todos torcidos.

El arquero debe poseer una fortaleza mental superior al resto. Un error de un defensor, no necesariamente termina en gol en el arco propio, porque lo puede salvar un compañero o porque el 9 es probable que la tire afuera. Un delantero se pierde un gol debajo del arco, pero luego la mete otro compañero. Todos los futbolistas tienen red de contención en el grupo. La única red que tiene por detrás el arquero es la del arco. Si comete un error en el minuto 1, debe estar los 89 siguientes atajando con la cabeza hecha un sonajero. Por eso deben ser dueños de una mentalidad muy fuerte.

El arquero puede tener una actuación estupenda durante 89 minutos, pero se equivoca en la última, su equipo pierde y el culpable será él. Así lo establecerán los hinchas y los medios. El equipo sufre una goleada, pero el que quedará apuntado será el arquero. Juan Pablo Carrizo tapó el arco de la Selección en el 1-6 ante Bolivia por las Eliminatorias al Mundial 2010, con Maradona de entrenador. Se “comió” sólo 1 de los 6 goles, y salvó media docena de situaciones claras de gol. Pero quedó marcado. Tardó dos años en volver a pisar el predio de la AFA. Era el arquero del futuro, pero su carrera terminó diluyéndose hasta la nada misma. Concentración máxima, tolerancia a la frustración y manejo de las presiones es el combo de atributos mentales en el que debe sostenerse el arquero si pretende sobrevivir.

El arquero suplente es un caso aparte. Sólo podrá jugar si el titular se lesiona o comete un par de errores. Cualquier jugador de campo podrá sumar minutos en un partido y convencer al entrenador por sus prestaciones, aunque sea a cuentagotas; el arquero suplente, no.

“Yo creo que debés tener un poco de loco, si no, no podés ser arquero. Estás expuesto al error, al rídiculo, hay que tener algo de héroe, de salvador, un poco de inconsciencia. El que piensa un poco, el que razona las cosas, no puede ir al arco”, se sinceró Luis Landaburu, eterno suplente del Pato Fillol en el River de los años 70, y que luego tuvo una exitosa carrera en México y Colombia (con un paso por Estudiantes de Río Cuarto), en una nota que le hice hace un tiempo.
A propósito del tema, en los años 60 se acuñaron dos sinónimos para dos puestos en el fútbol. Era wines = locos; arqueros = boludos. Sin embargo, con el tiempo, se fueron multiplicando los arqueros con apodo Loco. Y tuvimos a Gatti, Higuita, Burgos (los compañeros lo llamaban Loco antes que Mono), Rubén Sánchez, Fenoy, Nelson Ibáñez, el argentino-peruano Ramón Quiroga (Chupete para la mayoría, Loco para sus compañeros), Migliore, el alemán Crazy Lehman, el que nos sacó del Mundial 2006 con su machete. Nada es casual.

Me quedo con otra frase de Landaburu de aquella nota, de lo que significa para el pobre arquero tener que tolerar las burlas de sus propios hinchas y las caras de traste de sus compañeros. “Después de River fui a Vélez con unos pergaminos bárbaros y no rendí para nada. En un partido contra Sarmiento, mis propios hinchas me tiraron de la tribuna una mano ortopédica. Me quería morir. Llegué a sentir tal presión que no lo soporté, me vinieron a buscar de México y sin saber a qué club iba, dije que sí, sólo me quería evadir. Pisé México y volví a ser el Landaburu de siempre”.

Bien, toda esta introducción es para comprender, o intentar comprender, lo que está ocurriendo en el arco de Boca. Buffón, Rulli, Chiquito Romero, Andújar, Memo Ochoa, Gallese, Marchesín, Ospina, Patón Guzmán, Muslera, Marcos Díaz, Willy Caballero. Da para armar un equipo entero de arqueros (y con suplentes) con los nombres que han circulado en los medios como posibles sustitutos del portero de Boca. “Para recibirte de arquero tenés que comerte 300 goles… el tema es que no sean todos en el mismo partido”, evaluó hace un tiempo, con una sonrisa, un mito como Amadeo Carrizo. Evidentemente los goles se van recibiendo con la edad. Y parece que la juventud es un pecado que se repele con el rótulo de “arquero de equipo grande”. Ya lo sufrió Augusto Batalla (hoy con 22 años) en River, ahora lo padece Agustín Rossi (22) en Boca. Las singularidades del puesto, como se escribió en esta nota, la desmesura mediática y la vara que puso Franco Armani hicieron el resto.

Cierro con una precisa y preciosa pintura de Dixon Acosta, lector colombiano de El Gráfico, que hace unos años me compartió una impresión a propósito de este puesto tan ingrato: “El guardameta es una especie de prisionero, un reo sin derecho a juicio en una pequeña cárcel con tres grandes barrotes y una red de la cual no puede escapar. Este prisionero de la naturaleza imprevisible del fútbol será condenado sin remedio en caso de la derrota de su equipo, sobre todo si el infausto resultado se coló entre sus piernas cuando el tiempo del partido estaba a punto de expirar”.

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