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Volando a la gloria



Parece lejano aquel día.
Decenas de guerras, matar por matar.
Llegaba a Rufino, en medio de pestes.
Naciendo gigante, eterno galán.


  Tremendo valor,
partió a Buenos Aires pensando en triunfar.
Menos de 20, y ya estaba volando.
Negando ese grito que apasiona escuchar.


  Se adueño de un arco pesado,
en un terreno llamado Monumental.
Se puso una Banda que no se sacó nunca,
demostrando a creces un talento inmortal.


  Único estilo, innato ganador. 
Insuperable en su puesto, fiel gladiador.
Guardameta o portero, golero o atajador.
Resumido en su nombre, en nombre del mejor.


  Boina al costado, elegancia al atajar.
Dejó las críticas a un lado y se propuso progresar.
Importó esos raros guantes,
que lo hicieron más gigante que su propia humildad.


  Se ganó a la gente con respeto.
Tocando el cielo con sus dedos en alguna volada genial.
Dicen que esa posición era ingrata,
hasta la llegada de esa magia apodada El Tarzán.


  Opinan los que saben que fue un adelantado.
Gambeteando y gambeteando, sin temores al fracaso.
Un maestro sin época, sintetizando tanto halago.
Agradezco a mi Dios que por veinte años haya sido Millonario.


Me despido emocionado, con mi sangre de arquero.
Contando en un par de frases la hidalguía de un guerrero.
Su leyenda inamovible brillará por siempre en el cielo.
Mientras en la Tierra, le gritamos, "Amadeo, Amadeo".


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