Los buzos de arquero más icónicos del fútbol argentino

En los años 70 no existía la indumentaria deportiva para quienes jugaban al arco. Se usaban poleras o remeras comunes hasta camisetas de otros equipos del mundo. La historia del estampado en el pecho de Chilavert y el único buzo de Goycochea, que debía lavar luego de cada partido

No faltaba nada. Los corazones ya habían atravesado todas las pruebas en esos 120 minutos, pero todavía quedaba un ardiente latido más. Kolo Muani recibió ese rechazo alto y enfiló para escribir la gloria con su derechazo, pero allí estaba el Dibu Martínez, para apropiársela, con una atajada que recorrerá los tiempos y, quienes eran chicos, se la contarán a sus nietos. Fue una revancha, la esperada redención de aquellos que siempre disfrutaron de ocupar el puesto más ingrato del fútbol y que se derramó en esa avalancha de pibes luciendo el buzo con el número 23, como antes había ocurrido con Gatti, Fillol o Goycochea, sus ilustres antecesores, que ya habían dado un paso adelante, dejando su sello con indumentarias que son recordadas y veneradas con el paso de los años

¿Qué pueden tener en común una empresa de videojuegos, un restaurant y un banco? Y más aún. ¿Cuál podría ser la relación de ellos con el fútbol? La respuesta es solo una: Hugo Orlando Gatti. Ese Loco al que le calzaba como un guante la balada de Piazzola y Ferrer. Parecía estar un paso adelantado, como si mirase al fútbol desde el nido de un gorrión. También fue un precursor en el concepto del marketing, al ser el primero en tener auspicio en su buzo a partir de 1979 cuando a su club, Boca Juniors, aún le faltaban varios años para tener uno.

Hacia fines de los años ‘70, se habían puesto de moda, sobre todo en la zona de la costa Atlántica, los negocios con videojuegos, donde los chicos (y grandes), pasaban varias horas frente a las máquinas, colocando sin cesar las inolvidables fichas, que alimentaban la ilusión. Jet fue una de las marcas pioneras y para acrecentar su popularidad, en el verano del ‘79 realizó varias acciones publicitarias en las playas con jugadores, como Ubaldo Fillol y Ricardo Bochini. Faltaba solo un paso para unirse en un lazo más perdurable con el fútbol y ese se dio con Gatti. Oscar Tubío era el dueño de “El jardín de Oscar”, un local de estampados, que había revolucionado la moda en la década del ‘70. Fanático de Boca, enseguida se acercó al fútbol y con el Loco comenzó la historia, como lo recordó en la charla con Infobae: “Para mí fue el paso inicial de la publicidad en el fútbol argentino. A la marca Jet la trajo al país el profe Jorge Castelli, que trabajaba con el Toto Lorenzo, porque sus dueños eran de Córdoba y él los conocía. Le hice el buzo, a mediados del ‘79, donde tenía el logo en el pecho y otros dos, uno en cada manga, que usó mucho tiempo”.

Los fichines le dieron paso a la comida, porque en la temporada ‘82, Gatti lució la publicidad de Paparazzi, uno de los restaurantes que estaban de moda para los artistas y famosos, ubicado en el centro porteño. En la temporada ‘83 por primera vez utilizó la misma inscripción de sus compañeros (Vinos Maravilla) y en el ‘84 volvió a tener su propio sponsor: Banco Federal Argentino, vinculado a Guillermo Coppola, que era su representante. Desde 1985 y hasta su último partido en septiembre del ‘88, se unió al auspicio de Fate que tuvo Boca, pero el Loco siempre tenía alguna variante a mano. Fueron los tiempos de usar buzos de distintos equipos del mundo, como el Atlético Madrid, el Arsenal de Inglaterra o el Santos de Brasil.

En sus antípodas, por forma de ser y manera de atajar, se ubicó su gran adversario contemporáneo: Ubaldo Fillol. Sobrio y medido, al igual que Gatti, iba a dejar su huella con la indumentaria. Fue una pieza clave en la obtención del Mundial ‘78, sacando pelotas imposibles, que asombraron al mundo entero y demostrando que tenía más reflejos que el sol. Un par de meses después firmó contrato con la empresa Olimpia, que le confeccionó una serie de buzos de varios colores, que están entre los preferidos de los hinchas argentinos de todos los tiempos. El detalle para remarcar es que no solo el Pato los utilizó, sino también buena parte de los arqueros del país, cualquiera fuese su equipo.

Uno de ellos fue Roberto Peidro, ex arquero y ahora médico, quien evocó aquellas épocas en diálogo con Infobae: “Esos buzos de Pato Fillol eran hermosos y los tuve bastante tiempo. Lo gracioso es el motivo por el cual comencé a usarlos. En 1980 logramos el ascenso con Deportivo Morón de la C a la B y como parte de los festejos se organizó un partido en nuestro estadio, contra el Cosmos de los Estados Unidos, que tenía grandes figuras, como Carlos Alberto o Chinaglia, Al terminar el partido intercambié el buzo con Birkenmaier, el arquero rival y luego lo usé bastante tiempo, porque me encantaba, ya que estaba hecho de una tela muy moderna para la época y era realmente cómodo. Pero tuve mala suerte, porque la chica que trabajaba en mi casa lo puso en el lavarropas con unas medias azules y se arruinó. El tema es que, como lo vio manchado, lo tiró a la basura. Me quería matar (risas)”. Peidro configuró un caso particular en el fútbol de esos años, porque mientras jugaba, estudiaba medicina. Se recibió, ejerció su profesión (algo que sigue haciendo) y en las vueltas que suele tener la vida, se vinculó desde allí nuevamente con el fútbol, al ser uno de los médicos del plantel argentino en el Mundial ‘94. Vivió de cerca todo lo que le ocurrió a Maradona, en la fatídica tarde del doping ante Nigeria.

Argentina fue al ‘90 a defender el título, pero entre el equipo de cuatro años antes y ese, había la misma distancia en rendimiento que los kilómetros que separan a México con Italia. Sin embargo, algo mágico sucedió y llegó hasta la final, contra todos los pronósticos y mucho tuvo que ver Sergio Goycochea, que quedó en la leyenda por los penales y su buzo multicolor: “La empresa que vestía a la Selección, que sigue siendo la misma ahora, nos dio la ropa para esa Copa del Mundo, que era de color gris, la que usó Pumpido contra Camerún y que yo me puse para ir al banco. En la previa, vinieron de esa marca, pero de la filial italiana, para regalarnos dos camisetas más a cada uno. Como arrancamos perdiendo con Camerún, para el partido con Unión Soviética, Nery utilizó una de estas, que era violeta y verde y yo hice lo mismo, por eso es la que luzco cuando me tocó entrar por su lesión y a continuación con Rumania. Para el clásico con Brasil en octavos de final, me dije que podía cambiar ante una etapa nueva y fui en busca de ese tercer modelo, que es la famosa cuadriculada multicolor. Arrancó la racha y no me la saqué más. La gente en Argentina estaba como loca y era furor, pero la filial de la empresa en nuestro país no tenía el modelo. Lo más gracioso es que yo solo tenía una, que la lavaba después de cada partido para poder tenerla para el siguiente”.

Uno de los buzos más recordados de las últimas décadas en el fútbol argentino es el que lució José Luis Chilavert, en pleno auge por los títulos que Vélez ganaba uno detrás de otro. Era negro y tenía en el centro un Bull Dog, que era el símbolo, desde hacía 20 años, de “El Jardín de Oscar”. Su dueño nos contó la historia: “Al Bull Dog lo traje desde Los Ángeles, al descubrirlo en un catálogo y me había impactado. En 1995 fui socio y representante de Chilavert, quien aceptó la condición de vestirse siempre de negro. El buzo se lo diseñé a partir de una campera que traje de Estados Unidos, basada en una de las camperas que Michael Jackson utilizó en el video de Thriller, que se destacaba por las hombreras. Enseguida nos empezó a ir bárbaro, porque a su imagen se sumaban los éxitos del equipo. En el lapso que estuvimos juntos, hizo el gol de media cancha y le atajó un penal a Burruchaga decisivo en la fecha final del Clausura 1996, donde Vélez fue campeón. Influía psicológicamente en los rivales, porque con su físico grande, más el color negro y el Bull Dog, parecía que te tapaba todo el arco. Todo iba bárbaro, hasta que tuvimos algunas diferencias económicas y el final fue cuando quiso patentar el logo en Paraguay a su nombre. Enseguida rescindimos el contrato. Al poco tiempo lo utilizó Germán Burgos en River, que justamente dio la vuelta olímpica en Liniers contra Chilavert, que se quería morir (risas) y más adelante, Nacho González, en Racing”.

Le tocó suceder al Loco Gatti y toda su leyenda en el arco de Boca, pero el Mono Navarro Montoya había nacido para estar en ese lugar y rápidamente se afirmó allí, con personalidad, capacidad y un toque diferente en la ropa, como lo describió en la charla con Infobae: “A mí me gustó personalizar mis buzos, siempre con ese número 1 tan particular, que me lo cosía mi vieja a mano. Con la empresa Olan empezamos a trabajar para hacer algo que me identificara. Como me gusta mucho la velocidad, fuimos por ese camino: primero en un coche, después en una moto, hasta que surgió el del camión, con la caricatura donde estoy manejándolo. Nos gustó mucho y tuvo una aceptación masiva, al punto que se vendieron más esos buzos de arqueros que camisetas de Boca, ya que la misma empresa fabricaba ambos. Para mí es una prenda icónica, emblemática y que me dio muchas satisfacciones. Hasta el día de hoy se me acercan con esos buzos que tienen más de 30 años, para mostrármelo. Es un orgullo inmenso”.

Diego Maradona llegó a Boca Juniors en 1981 con un impacto pocas veces repetido en el fútbol local. Hugo Gatti se lesionó en buena parte del torneo y en el arco estuvo Carlos Alberto Rodríguez. Alto, espigado y de bigotes, su seudónimo no podía ser otro que Pantera, por su parecido con el simpático dibujo animado de color rosa, que era furor por aquellos años. Uno de los buzos que utilizó en el campeonato, por ejemplo, en el clásico con River en el estadio Monumental, tenía la cara del personaje en el centro, otra obra de Oscar Tubio, que así nos lo recordó: “Traje esa imagen desde Los Ángeles, fabricado en un compuesto que se llama glitter, que estaba muy de moda en todos esos años, porque lo habían utilizado en la película Fiebre de sábado por la noche con John Travolta. Eran una especie de brillitos muy pequeños, que con las luces producían un efecto espectacular. En cuanto la vi en Estados Unidos, no dudé en traerla, porque la Pantera estaba atajando muy bien en Boca. Fue un buzo en color amarillo que tuvo un éxito terrible. Hace poco lo publiqué en mis redes y el propio Rodríguez me llamó para comentarme la enorme repercusión que estaba teniendo”.

Esteban Pogany pasó por muchos equipos, pero sus primeros pasos fueron en Independiente. Allí estaba en 1980, cuando lució un buzo con la bandera de Japón. Una historia particular que evocó en diálogo con Infobae: “En la década del ‘70 no existía la indumentaria de arquero en nuestro país, nos arreglábamos como podíamos. Yo usaba una remera de manga larga marca Penguin, de las que la gente se ponía para salir (risas). Con cinta tapaba el pingüino y salía a la cancha. En 1977 fuimos a disputar dos amistosos contra la selección de Japón y quedé deslumbrado por el buzo del arquero rival. Apenas terminó el primer partido, salí corriendo para pedirle intercambiar y él estuvo muy gustoso. Al regreso, y por mucho tiempo, lo utilicé en el torneo local, en lo que era un detalle poco común, que llamaba la atención de los hinchas”.

Por aquellos años, los arqueros empezaron a animarse a esos cambios. Hasta se daban los casos de alguno de ellos con un buzo perteneciente a una determinada marca y que la indumentaria de su club fuera de otra. O verlos en nuestras canchas con ropa de otras latitudes, como Enrique Vidallé en Estudiantes con una camiseta roja, con el escudo de la selección de Alemania Federal; Carlos Goyén, en sus primeros tiempos en Independiente, de camiseta gris con cuello azul y el escudo de la selección italiana; o Héctor Baley, actuando en Huracán, con una amarilla que intercambió con su colega de la selección de Escocia.

Esos casos serían imposibles en esta era, en la que el marketing dice presente a cada minuto. Los arqueros siempre tienen consigo esa aura especial, que les da el hecho de ser diferentes a sus 10 compañeros y en lo que hace a la vestimenta, dieron un paso adelante desde fines de los ‘70, que se mantiene hasta nuestros días. Ningún puesto en el fútbol puede pasar por tantos avatares dentro de un partido. “Pasar de todo y no pasar de moda”, dice Joaquín Sabina en una de sus canciones y esto se les ajusta bien a ellos. Muchas veces ingrato, el lugar parece haber cambiado desde que el Dibu Martínez se apropió de la valla de la Selección. Los pibes siguen eligiendo la camiseta 10, pero cerquita está ese buzo de arquero con el 23. El del hombre que se estiró hasta lo imposible, para ser más grande que nunca. Como ese grito que el pueblo futbolero argentino llevaba atragantado por tantos años.

Fuente: www.infobae.com

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